Escribe: Cynthia Cienfuegos, Coordinadora de la Red Nacional de Voluntariado de Transparencia en Cajamarca.
Fuente: Panorama Cajamarquino 

A nivel global y local, los ciudadanos nos encontramos en un tiempo cambiante y decisivo. A la llamada era del conocimiento, de la información y  de la comunicación, con modelos económicos que favorecen a unos y refuerzan la desigualdad para otros, se suma una preocupante crisis social, ambiental, pero sobre todo humanitaria. Con estos nuevos escenarios se vuelve urgente replantear el sentido de Ciudadanía – su hacer/ser. Se necesita una ciudadanía que diseñe y aplique un modelo de desarrollo, donde el respeto a los derechos humanos, la ética, la convivencia social y el respeto a la diversidad sean sus pilares fundamentales. Gloria Pérez Serrano, en su artículo Nueva Ciudadanía para el Tercer Milenio, hace referencia al programa “Aprender para el siglo XXI” de la UNESCO, señalando que los cuatro pilares de la educación para futuro son: aprender a conocer, aprender a actuar, aprender a vivir juntos y aprender a ser. Nuestro contexto debe llevar a  replantearnos qué valores debemos cultivar o reforzar para lograr este camino y qué elementos “desaprender” también en el proceso.

No suma un ciudadano que defienda las causas justas y los intereses comunes desde un sillón o al otro lado del muro. Ya no suma un ciudadano sólo reaccionario, que se indigna ante la falta de compromisos cumplidos y las malas decisiones de sus autoridades, pero que no participa de los espacios donde se aprueban o toman estas decisiones. No suma un ciudadano pasivo e indiferente, y tampoco suma un ciudadano que no colabora en el fortalecimiento del diálogo y en el acercamiento entre su comunidad, el estado y los diferentes actores sociales claves (públicos y privados), pues hoy más que nunca necesitamos recuperar la confianza y la credibilidad entre nosotros mismos para apuntar hacia un trabajo socialmente colaborativo y transparente.

La ciudadanía de hoy debe ser crítica y responsable; debe inventarse cada día y mantenerse fiel a los principios de la democracia, del servicio y de la participación activa. Pero sobre todo se necesita una ciudadanía que conozca las necesidades y oportunidades de su territorio; que por un lado levante su voz y por el otro lado asuma la posta del trabajo y de la acción. Sólo así podemos lograr el cambio y – lo que es más importante – podemos ser parte de ello.

Pienso que cometemos un error al querer entender el papel del ciudadano sólo desde el aspecto puramente normativo y académico. Pienso que es un error dejar la reforma electoral y política sólo a los políticos, a los expertos y a lo que dicta el marco legislativo. Se necesita mirar alrededor, fortalecer el diálogo con las bases sociales y acercarse al ciudadano de a pie para recoger hechos, evidencias y percepciones que guíen sobre las necesidades y oportunidades que pueden y deben ser abordados. Ningún cambio sustancial al que aspiremos en el campo de la democracia y de la gobernabilidad será realidad si la ciudadanía no se apropia y hace suyas estas propuestas primero.

Aquí no se está manifestando nada nuevo; sin embargo, lo que se quiere no es repetir el lema “del discurso a la acción”, sino resaltar que ambos – discurso y acción – deben ser plenamente desarrollados. Por muchos años se ha manejado – y también manipulado – los conceptos e ideas sobre el papel del ciudadano. Lo que toca ahora es co – construir, desde las bases y desde los diferentes actores sociales, un nuevo concepto de ciudadanía que pueda ser visibilizado en la acción y en los diferentes espacios de toma de decisiones de los diferentes niveles de gobierno.

Los jóvenes en el centro del debate

Al 2017, se estima una población de más de 31 millones de peruanos. En Junio de 2016, el Instituto Nacional de Estadística e Informática comunicó que el porcentaje de jóvenes en el Perú entre 15 y 29 años se incrementó en 7,1% respecto al año 2005. Siendo entonces unos de los grupos poblacionales más importantes cabe preguntarnos cuál es el papel que juegan en la cultura democrática actual. Hoy, podemos afirmar que – si bien existe cada día un número mayor de jóvenes preocupados e involucrados en estos temas – hay un desinterés generalizado de este sector de la población respecto a la política y a los asuntos públicos. Y me atrevo a plantear dos causas concretas: (1) la ausencia de una formación en cultura política y ciudadana que va desde los núcleos sociales más básicos como la familia, la comunidad y la Escuela hasta los más altos espacios y niveles institucionales. (2) Una segunda causa es la decepción, la desconfianza y la falta de credibilidad hacia nuestra política peruana y hacia nuestras instituciones, fruto de promesas incumplidas y de una trayectoria histórica marcada por el ejercicio sistemático de la corrupción. Para Marco Ramírez, presidente de Ashanti Perú y joven líder afroperuano, “lo político se encuentra cargado de adjetivos negativos, y hacer política desde joven se ha convertido en una condena a la vinculación perpetua con lo corrupto”.

Ante este panorama es urgente y prioritario generar espacios descentralizados que promuevan y fortalezcan la participación de los y las jóvenes en los asuntos públicos y en los espacios de toma de decisiones, garantizando una participación inclusiva, diversa y continua.

La juventud peruana conforma una pieza clave en la creación y el fortalecimiento de una nueva cultura democrática; en la generación de nuevos cambios de comportamiento dentro de su comunidad; en la búsqueda de consensos y en los procesos de construcción de confianza entre autoridades y población. Hoy asume también un rol fundamental en la vigilancia a los compromisos asumidos por sus autoridades y al  uso de los recursos públicos. Esto implica acceder y conocer la información pública, así como hacer un uso responsable de ella a fin de mejorar la calidad de la inversión y de las decisiones políticas.

Apuntemos entonces hacia la co–construcción  de una nueva ciudadanía, que responda a los problemas actuales con creatividad y análisis crítico; que sea inclusiva, empoderada y comprometida con los asuntos públicos. Una ciudadanía que encuentre en la diversidad y en las diferencias las herramientas para lograr un objetivo común de desarrollo y una nueva forma de hacer gobierno donde se recuperen los valores democráticos ahora ausentes.

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