Escribe: Rafael Roncagliolo, ex Ministro de Relaciones Exteriores, fundador y directivo de la Asociación Civil Transparencia.

La fuerza mayoritaria en el Congreso, el fujimorismo, se precipita en su cóctel de descrédito parlamentario, penuria electoral y acusaciones por prácticas delictivas. El partido más grande y longevo de la historia peruana, el Apra, nunca muere, pero adolece de agonía crónica. La izquierda, a pesar de sus buenos candidatos municipales en Lima, ha regresado a la nimiedad de sus peores tiempos. El triunfo de Muñoz con etiqueta populista es como una golondrina que no hace verano. Buena parte de los partidos inscritos funcionan como “vientres de alquiler”. Otros se han fosilizado. Pensar en partidos ideológicos o programáticos en el Perú de hoy resulta casi un oxímoron. En este cuadro, no cabe hablar de “crisis” de los partidos, porque las crisis son, por definición, pasajeras; y lo que vivimos es un deterioro general y prolongado.

La verdad es que los partidos políticos sobreviven a duras penas en todas partes. Sobre todo, en América Latina, donde aún subsisten, aunque muy debilitados, los partidos vivos más viejos del mundo, como el Liberal y el Conservador de Colombia, o los Blancos y los Colorados del Uruguay, los cuatro nacidos en la primera mitad del siglo XIX. Ellos mismos experimentan la avalancha de nuevas y, a veces efímeras, organizaciones.

Pero la situación peruana es quizás más grave: el monopolio de las candidaturas parlamentarias, de que gozan los partidos, no ha llevado a que se arraiguen en la geografía, sino a que se aíslen. A la vez, se excluye la posibilidad de que se incorporen nuevas organizaciones. El exagerado requisito de las firmas es instrumento principal para este propósito. Como si el problema fuera el número de partidos y no su calidad.

El sueño de disminuir el número de partidos por la vía legislativa, es eso: un sueño, que solo produce exclusiones. Creer, por ejemplo, que los distritos uninominales llevarán a un bipartidismo como el de Estados Unidos, es una ilusión. Aquí, los distritos mínimos podrían producir más bien, como ha ocurrido en otras partes, una multitud de pequeños caudillos, lo que acabaría con la proporcionalidad y haría aún más difícil la gobernabilidad.

Nos quejamos todo el tiempo de que los problemas tienen como causa la debilidad de los partidos. Pero pocas veces nos preguntamos por las causas de esta debilidad. Una de ellas, entre otras, es la mercantilización y privatización de la política, como consecuencia del costo, sobre todo mediático, de las campañas. La angustia financiera de los políticos se combina, a veces, con la posibilidad de enriquecimiento personal. Entonces, Odebrecht y otras empresas se ofrecen como auténticos salvavidas clandestinos. Ello no constituye una novedad introducida por los brasileños. En 1985, Genaro Delgado Parker declaró que él les daba dinero a todos los candidatos. Lo mismo habían declarado otros poderosos empresarios peruanos antes de que aparecieran en nuestro escenario las corporaciones brasileñas.

Digamos que darle dinero a un candidato puede explicarse por pura simpatía. Digamos. Pero apoyar simultáneamente a varios candidatos opuestos entre sí, ya no tiene nada que ver con simpatías. Es como regalarle el cañoncito de Ramón Castilla a todos los posibles presidentes, en nombre del “yo hago con mi plata lo que quiero”. Lo peor ocurre cuando, además, para lavar los flujos clandestinos de fondos, se recurre a la falsificación de eventos y/o donantes, lo que emula a las fábricas de falsificación de firmas del año 2000.

Las limitaciones y el control del financiamiento privado de las campañas no son una panacea, pero pueden contribuir a disminuir las desigualdades de la competencia y moderar la privatización de la política, madre de la corrupción.

Fuente y foto: La Republica

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