Escribe: Kelly Ubillus.

Cuando hablamos de corrupción en general es como si tocáramos todas las fibras de nuestra piel, se nos escarapela el cuerpo y tal vez sintamos arcadas. Pero la corrupción se ha vuelto tan común ahora que convivimos con ella y – dependiendo del grado de la misma – es hasta sostenible, aunque no lo creamos… bueno, no nos extenderemos para hacer un análisis profundo de la corrupción, esta vez la aterrizaremos solo al nivel del Estado peruano.

En los tres poderes de Estado – ejecutivo, legislativo y judicial – existen lineamientos de regulación que deben ser respectados y cumplidos; ¿Qué pasa cuando no se cumplen y existe corrupción?

Pueden pasar tres cosas, o se regula más (y a veces se excede en la regulación obteniendo como resultado lo que existe actualmente, una sobre regulación en el Estado) o se audita más (haciendo más estricta la auditoría normativa y sin margen de gestión u operatividad) o se normaliza (creando en la sociedad niveles de aguante de la corrupción, y clasificando a la misma en escalas).

Resulta que en el Estado peruano ocurren las tres, se ha regulado excesivamente, se audita normativa y exageradamente y – en muchos casos – se han normalizado algunas formas de corrupción.

En mi opinión, al mismo tiempo, incluiremos también lineamientos de auditoría y más, y haremos un seguimiento de los parámetros de actuación, enfatizando y acentuando muchas veces para que no se cumplan, cuando corrompa siempre tenga una forma de esquivar las mismas, porque su La conciencia o la corrupción de lo que se debe realizar. Sin embargo,
cuando hablamos y analizamos sobre la normalización de la corrupción y de la cultura ética ciudadana, estamos entrando a estudiar a mayor profundidad el problema, pudiendo ser mejor atacado.

Fomentar o promover una cultura de integridad, no es otra cosa que concientizar el valor de la ética en las personas; ¿Nuestro país es? ¿Las familias? Las políticas que ayudan a enseñar e instalar los valores que ya no están siendo transmitidos desde casa, debemos considerar esta solución como un deber de Estado.

Empecemos a mirar nuestro problema de corrupción desde otra perspectiva, para poder atacarlo a través de otras instancias, como la instauración de una cultura de integridad desde la escuela, desde los primeros años de formación hasta los más altos niveles de profesionalización. Así, sí estaríamos atacando la corrupción de una manera eficiente, y tal vez los resultados serán vistos a mediano y largo plazo. Pero, ¿Cuándo algo que haya valido la pena se obtuvo de manera inmediata?

Si hablamos de “Lucha contra la Corrupción” en el Estado, miremos nuestra “Cultura de Integridad”, profundicemos en cambiar nuestra cultura de ética, verdaderamente; para ello será necesario involucrar otros sectores del Estado que no están siendo considerados en todos los proyectos de integridad, como es el caso del Ministerio de Educación y el Ministerio de Cultura.

Tal vez nos falte dar una mirada más a profundidad de cómo está siendo atacado desde el Estado este problema de corrupción; y así buscar el cambio cultural que urge, logrando darle sostenibilidad en el tiempo, por nuestro país y futuras generaciones.

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